Historia
SUBIENDO
LA ESCALERA
Algunos recuerdos instantáneos en La Buhardilla.
por Senén Chávez Fajardo,
(Actor originario Viola Fénix, 1991)
Los recuerdos personales, son como piezas de un gran rompecabezas; pueden ser tan subjetivos como acertados, todo depende de la idea que estés armando y de tu pieza-recuerdo. Así, es muy probable que tus recuerdos narren imágenes acertadas en un 10, 25 o 50% de lo que realmente ocurrió, más aún si están envueltos en la memoria de las emociones.
Escribir acerca de “La Buhardilla” es narrar acerca de mi evolución teatral y eso lleva a su vez a recordar mis comienzos en la disciplina: Tuve dos maestros en el arte del teatro. El primero en orden cronológico fue Iván Vera-Pinto; quien me enseño el oficio y el segundo fue Guillermo Ward; quien me enseño el arte, el “vestir” los personajes con mi esencia. Aunque mencionar al primero sin nombrar a Jaime Torres o mencionar al segundo sin nombrar a Félix Manzo no sería justo, pues todo Quijote tiene un escudero quien le da el equilibrio y en mi caso, estos dos últimos fueron, de alguna u otra forma, el nexo de lo que entregaban los primeros y lo que me llegaba a mí como discípulo.
Son cientos de imágenes las que me vienen cuando recuerdo esos vetustos y escondidos cuartos perimetrales ubicados en la antigua “Escuela Artística”, en ellas siempre están presentes la entrega, el amor incondicional en lo que se hacía; puro “amor al arte”, sin proyectos ni cheques. Recuerdo, por ejemplo, al chamán-rojo; de mi ritual en el que se me ocurrió no solo pintarme todo el cuerpo precisamente de rojo, sino que pintar también al resto del equipo (supongo que me había sobrado pintura) y después ver al pobre elenco tratando de sacarse la pintura en los baños de abajo. O de cuando todos nos volvimos a pintar los cuerpos, esta vez con pigmentos diluidos en harina, y como ya estábamos avisados de que correría color en nuestros cuerpos, se me ocurrió la genial idea de llevar mi propio color negro para “dibujar” en los demás, resto mis propios diseños ¡Mala idea cuando tienes una pareja allí mismo y tus “manos negras” se delatan prácticamente en todos los bustos de las otras compañeras!... mal rato que pasó a segundo plano cuando al volver al otro día encontramos -luego de oír extraños ruidos al subir la escalinata- ¡A sendos guarenes! comiéndose placenteramente las sobras multicolores de la noche anterior.
Nuestra primera performance y su sugerente música, la Divina Comedia.
Aunque llevaba en mi trayectoria teatral ya cinco estrenos previos a la “Divina Comedia” ésta para mí -y hasta el día de hoy-, tiene referentes únicos en su ejecución. En ella, mi personaje era un demonio, tanto malvado como bondadoso, que se paseaba lascivamente por el escenario emitiendo sus poéticas líneas para luego desaparecer de escena, aunque no hacía mutis por el foro, sino que se ocultaba detrás de una suerte de cortinaje, quedándose allí neutral, invisible hasta salir nuevamente al siguiente acto.
Es necesario aclarar para los neófitos teatrales que en las funciones, la media de los actores tendemos a bajar la guardia una vez fuera del campo visual del público, se arreglan, retocan el maquillaje, conversan entre ellos, etc. Y si bien, esto no es lo óptimo, es un vicio permitido, siempre y cuando se esté pendiente de la siguiente salida.
Bueno, allí esta premisa no existía; pues, detrás de aquel espacio neutral yo seguía actuando, mejor dicho mi personaje seguía el hilo conductor de la obra. La causa, era la envolvente música presente de principio a fin; mágica, oscura, sugerente y sensual, haciendo danzar en su oscuridad al demonio, lo viera o no el público, pero él seguía en mi cuerpo.
La metodología creativa.-
“Barco a Venus” era la primera obra como tal, un Fondart e Iván Escares debía ser en ella; un Gígolo cafiche y arribista tan simple como amoral; personaje dificilísimo para un chico como él, totalmente diferente a su personaje. Y yo debía secundarlo en esos ensayos; como su viejo y depravado amante bisexual y sexo adicto...
Es necesario aclarar que el personaje creado para mí en esa oportunidad, era solo parte de las docenas de personajes de proto-obras creadas para cada uno del resto de personajes de la obra definitiva. Aquel viejo, nunca iba a salir en la obra final, porque solo era un ejercicio de desinhibición teatral para otro de los personajes -esta vez el de Iván-. Estos ensayos-escenas estaban tan bien acabados como lo sería finalmente la obra original. Por lo tanto, al momento de estrenar “Barco a Venus” el elenco ya había “estrenado” varias micro obras-improvisaciones de pequeño formato y duración, que nadie más vio; excepto su Director y Félix. Y vuelvo a repetir; escenas tan bien logradas como sería la última, atreviéndome a decir que incluso mejores que muchas de las obras que vi en otras compañías.
Bueno, siguiendo con el tema del difícil personaje de Iván, en anteriores improvisaciones ya se había curtido algo el “cuero de las trancas”, pero por su edad tan temprana (19 años), supongo, era a él a quien más le costaba “agarrar” su personaje de todo el elenco.
Aquel inolvidable ensayo, lo narraré en distanciamiento, tal como en una película de 35 milímetros; es decir como observador:
“Habían tenido previamente una orgía con un par de “chiquillas” promiscuas, con tanta droga y alcohol que el viejo energúmeno echó a las ramerillas del departamento en un acto de furia; las dos se van corriendo a poto pelado. Una vez solos con su joven cafiche (bueno, las actrices se quedaron escondidas mirando) el viejo, demostrándole su verdadero amor, le obsequia a su joven amante un viejo inhalador de oro peruano y luego de ambos esnifar, sellaron su perversa unión con un beso que cerró a su vez el telón de aquella noche de carrete extremo.”
En realidad ese beso dado a un hombre no fue el único que di en esa época del método y desinhibiciones teatrales; ya había agarrado a besos a todo el elenco para el comienzo de mi ritual de chamán-rojo que comenté anteriormente, aunque recuerdo que esa finalidad, era más bien psicomágica y hasta esotérica, supongo cierta justificación, los besos siempre son besos, se den como se den.


Otro de quienes estuvieron en los inicios del Viola Fénix y fueron parte de los talleres de formación fue Moncho “No más” Jorquera, y aunque él no lo recuerda, pero estoy seguro que fue un Clown mucho “antes” de ser un Clown. Era su turno del ritual (y el primero en la lista de los rituales de cada uno, pues no tengo otro recuerdo de haber visto aquella subida a la buhardilla tan expectante como tenebrosa); se había colocado una máscara bizarra y había puesto la música de “La Última Tentación de Cristo” de Peter Gabriel... El efecto, en cuestión, fue tan impredecible, que dudamos con el resto del equipo de que fuese realmente Moncho; era “alguien” o “algo” llamándonos con señas desde el altillo de la empinada escalerilla para que subiéramos uno a uno por ella a encontrarnos con este siniestro clown...
También recuerdo a Antonio Güisa, quién muchos años después instalará la Academia de Teatro Shakespeare en calle Juan Martínez con Bulnes. Llegaba a los talleres recién salido de su Servicio Militar Obligatorio y se notaba -por lo que nos contaba de su experiencia-, que había sufrido bastante por su paso por la milicia. Su ritual viéndolo a la distancia, le sirvió en algo para alejar aquellos malos espíritus. Por lo menos para él...
Recuerdo que nos vendó la vista a todos muy bien y castigó a uno de nosotros con insultos, gritos y golpes, mientras el resto; maniatados y semi desnudos, solo oía desde un rincón las torturas infligidas al infeliz encontrado en el piso, mientras un par de parlantes emitía una estridente música Heavy Metal (que, después supimos, se escuchaba hasta la esquina de la cuadra...)
Bueno, al momento de vendarnos la vista a todos, Antonio me había dicho al oído que golpearía un bolso y que yo debía hacer como que me golpeaba, gritando de dolor y esas cosas... Al rato del show y solo cuando escuche llorar en su rincón a Cynthia, me di cuenta que la cosa más que divertida había sido fea de verdad...
El otro ritual radical que recuerdo por lo terrible y que pondría junto a este, pero por lo malo, fue el de una compañera (la cual no mencionare por cortesía) quien se transformó en una extraterrestre sentada en su trono en un entorno adornado con lucecitas de navidad... hablándonos todo el rato de paz y mensajes torturantes de amor universal... Alguien dijo por ahí que los extremos se parecen y en este caso fue así, de torturas y baraturas.
Ahora al escribir mis recuerdos personales y creativos que tuve para cada uno de los montajes en los inicios del Viola Fénix, y que entrego a Guillermo fuera de plazo en este evento, como un bonus track al libro de las memorias, deseo para finalizar narrando lo que sin duda para mí, ha sido -por sus características-, la imagen más recordada de aquella época dorada de “La Buhardilla. Debía crear otro de mis rituales, en ese entonces trabajaba en una ferretería, haciendo reparticiones de materiales a domicilio en una camioneta. Ocurrió que en una visita a los galpones de la Zofri, divisé en una esquina, una gran carcasa de plumavit de alguna maquinaria de gran tamaño, un refrigerador industrial o algo así, pensé que no debía desperdiciar aquella oportunidad. Convencí a mis colegas ferreteros de cargarla a la camioneta y llevarla a la Escuela Artística. Algo se me ocurriría hacer con ella. No recuerdo exactamente como la utilicé en el ritual, pero sí que le pinté unos símbolos esotéricos o que la pinté por completo. Por alguna razón -que tampoco recuerdo-, solo estaban Iván y Valeria (Ni siquiera recuerdo a Guillermo ni a Félix), solo tengo en la memoria que en un momento -el final tal vez del ritual-, les dije a ambos que destruyeran la carcasa. Mientras la desintegraban felices, una inesperada niebla azulina llenó el lugar, (debido a la hora del día que atardecía), niebla que brillaba aún más con una extraña y espectral luminosidad natural. Este mágico espectáculo azul, que no fue premeditado por mí, siempre lo atesoro como creador y espectador a la vez.
Lo que había pasado fue que al no tener más pintura que 250 gramos de témpera color azul, esta no se había adherido en un 100% a la materialidad de la carcasa, pero sí se había secado, produciendo al momento de destrozarla, que miles de partículas azules volaran por el aire llenando de magia azul toda la buhardilla.
Un instante que no duró más de tres minutos, pero que para mí ha durado en la memoria visual y emotiva por más de dos décadas...
Julio 2018








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